Entrevista a Ebbaba Hameida: Periodista saharaui autora de «Flores de papel»

Es periodista y saharaui, pero afirma que no cubre temas relacionados con el conflicto de su pueblo. Sin embargo, es el tema central de su primera novela, “Flores de papel”.
Precisamente por creer en los principios del periodismo y en que en esta profesión debemos ser muy honestos, no puedo hablar del Sahara. En ese ejercicio de honestidad me gusta explicarle a quien me lee o escucha que soy periodista, pero también saharaui. Creo que es muy importante que sepan el punto de vista desde el que escribimos. Por eso, siempre he evitado hacer un trabajo periodístico sobre el Sahara, pero sí he intentado explicar el Sahara a través de conferencias, ensayos en primera persona, artículos de opinión… En 2020, cuando se reanudó el conflicto, hice un ensayo en primera persona -”El peso del silencio”, publicado en la revista 5W- porque sentía mucho dolor e impotencia. Cuando la editorial lo vio, me contactó para pedirme un ensayo. Aparte, tenía cosas escritas sobre mi identidad, mis crisis… Fue combinar ambas cosas. ¿Habría podido hacer un ensayo? Sí, pero, para mí, el Sahara son mi madre, mi abuela, mis tías… son sus mujeres. “Flores de papel” narra la historia de mi pueblo a través de Leila, Naima y Aisha.

¿Cómo las definiría?
Son tres mujeres marcadas por un conflicto y por una guerra, y por un destino que no han elegido. Leila, nómada, es una de las primeras víctimas del cambio climático. Una sequía en los años 70 la arroja a la ciudad. Allí conoce la vida sedentaria, la colonización, el abandono de España, el éxodo y los campos de refugiados. Es una mujer migrante. Leila, mauritana de origen, se ve forzada a migrar y en esa migración se encuentra con un destino y con un infierno que jamás se habría imaginado.

Naima nace en un contexto de auge de los movimientos independentistas en África y bebe del espíritu revolucionario de sus hermanas mayores. Su infancia está marcada por los bombardeos de napalm y fósforo blanco y, más tarde, se ve entre otras tantas mujeres teniendo que construir su vida en los campamentos pariendo de la nada y con muchas renuncias, entre ellas dejar marchar a sus hijos para que tengan un futuro mejor.

Aisha es una niña que migra sola, la montan en un avión hacia un mundo desconocido y aterrador porque es completamente distinto al suyo. Su vida está marcada por este arranque del regazo de su madre. No tiene que sobrevivir al hambre y a las condiciones infrahumanas del desierto, pero sí a la necesidad de integrarse, de convivir con una familia italiana que no conoce su contexto, y tiene que enfrentar el rechazo por tener una piel y un pelo diferentes. Desde muy pequeña se encuentra dividida entre dos mares, guiados cada uno por dos mujeres muy importantes, la mamma y la madre saharaui.

¿Cómo ha sido la fusión entre Aisha y Ebbaba?
Ha sido un reencuentro de la Ebbaba adulta con la niña que fui, aunque sea de manera ficcionada. Ha sido como querer cogerle de la mano a esa niña.

Aisha afirma que «estar integrada es agotador».
Es una frase que repite todo el rato. Como dice el escritor libanés Amin Maalouf, son ‘asesinas’. Luchar por una identidad es tener que luchar contra una misma; para Aisha, querer ser italiana era imposible, pero ser saharaui también. Esa integración es muy compleja, sobre todo, si quienes te acogen no conocen tu contexto y de dónde vienes. En el caso de Aisha, cuando quiere ser saharaui e integrarse en la sociedad saharaui, hay una parte de ella a la que tampoco puede renunciar. Integrarse en ambos mundos es agotador; es un esfuerzo que parece que lo tiene que hacer el sujeto, no suele ser algo bidireccional, es decir, tú me das y yo te doy.

Nacida en Tinduf, creció entre Italia y el Estado español. ¿Cómo ha vivido la integración?
Prácticamente como Aisha. De pequeña me decían la ‘niña africana’ y yo respondía que no era africana, sino del desierto. Constantemente he intentado adaptarme a ambos contextos buscando y anhelando pertenecer a uno de ellos. Eso te mata. La mía es una identidad compuesta por varias capas, enriquecida por dos mundos y culturas muy opuestas. Cuando te conviertes en adulta e intentas entender lo que se nos exige como mujeres se pasa peor: ¿A quién hago caso ahora?, te preguntas. ¿A los cánones de belleza occidentales o a quienes quieren que lleve velo? Es difícil tomar decisiones y hacerse respetar en ambos mundos.

La familia de acogida italiana de Aisha no llega a conocer y asimilar sus raíces. ¿Se conoce el Sahara más allá de los campamentos de refugiados?
En el imaginario colectivo se identifica a los saharauis con Tinduf, con haimas verdes y blancas, casitas de adobe y bidones de metal con agua en el medio del desierto. Pero no conocemos profundamente la cultura saharaui. En esta novela he hecho un viaje por la cultura del pueblo saharaui. Ha sido espectacular conocer todos sus matices y proverbios.

Leila, Naima y Aisha, abuela, hija y nieta, representan tres generaciones marcadas por el conflicto. ¿Cómo describiría a la mujer saharaui actual?
Hay muchos tipos de mujeres saharauis, es muy difícil centrarnos en una sola y, además, sería injusto hacerlo. Nuestro contexto de guerra ha obligado a las mujeres saharauis a construir las escuelas, los hospitales, a ser autosuficientes, a olvidarse de los hombres porque estaban en el frente de guerra. Han sido ellas las que han levantado la vida de los campamentos y de todo un pueblo. Los propios saharauis tienen que entender que la mujer saharaui es diversa y que, sobre todo las más jóvenes, más allá de la libertad del Sahara -que también reivindican-, exigen su propia libertad individual, el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos y a elegir cuándo y con quién casarse, y ser aceptadas, desterrando el qué dirán.

En el proceso de escritura del libro descubrió que su madre sufrió bombardeos con napalm y fósforo blanco.
Ha sido muy interesante ese viaje al pasado. He pasado muchas horas alrededor del té intentando comprender lo que han vivido estas mujeres y el gran trauma de mi pueblo. Me ha ayudado también a comprender las dimensiones de la guerra y a mirar de otra forma a mi madre y a mi abuela, e, incluso, a reconciliarme con ellas y ver que no son víctimas sino supervivientes.

¿Considera que la causa política queda difuminada en el aspecto humanitario?
El término refugiado está directamente ligado a una cuestión política. Que no se pregunte el porqué de los campamentos de Tinduf quiere decir que no se quiere ver la historia. Cuando voy a los campamentos te dicen que de nada sirve que se les lleven latas de atún cuando nuestra tierra cuenta con uno de los bancos de pesca más ricos del continente africano. Es ahí cuando se pierde la dimensión política y entra la desesperación de la población saharaui, que demanda una solución política al conflicto más que una prolongación del mismo.

¿Cómo valora el giro del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez?
Pedro Sánchez ha tomado una decisión de la que no ha dado ninguna explicación, aunque distintas formaciones políticas se lo hayan pedido. El Sahara sigue siendo un territorio no autónomo pendiente de descolonización. Por mucho que Sánchez tome cualquier decisión, las resoluciones ONU y el derecho internacional siguen estando ahí.

¿Teme que con Donald Trump de nuevo en la Casa Blanca el conflicto se estanque más?
Es una decisión que han tomado los estadounidenses, pero de cuyas consecuencias aún no somos conscientes. Cada día escuchamos las barbaridades que dice, véase Gaza, sus discursos de odio y antiinmigratorios, la guerra arancelaria que está incendiando todo el mundo. Los saharauis nos podemos esperar cualquier cosa y más después de su primer mandato. Trump fue el primero en reconocer la soberanía de Marruecos. Nuestro conflicto está catalogado como olvidado, pero, desgraciadamente, hay otros tantos conflictos que no se van a resolver con Trump. El olvido y el silencio sobre el conflicto saharaui pesan; la realidad de los territorios ocupados es cada vez más desconocida. La expulsión de periodistas, el cerrojo sobre las zonas ocupadas, el expolio de los recursos naturales… cada día se cometen flagrantes vulneraciones de los derechos humanos que no son noticia. Eso da miedo porque lanza un mensaje de impunidad. La Segunda Guerra Mundial nos tendría que haber servido de grandes aprendizajes, sin embargo, nos estamos saltando todas las líneas rojas.

Como periodista ha sido testigo de devoluciones en caliente, de la crisis migratoria en Canarias. ¿Cómo valora el avance de la ultraderecha?
Vivimos momentos complicados y difíciles en los que ser racista no avergüenza y en los que se presume del discurso del odio de una forma descarada. Pero quiero creer que no son tantos como el ruido que hacen y que hay una mayoría social solidaria, acogedora. En Canarias me he encontrado con muchas familias que acogen, que ayudan y que son capaces de ponerse en la piel de quienes emprenden esa ruta migratoria, una de las más mortíferas del mundo.

Fuente:GARA Foto portada: Maria Navarro Sorolla

*Amada Santos: Responsable Comisión Internacional de AMMPE ESPAÑA, para el Seguimiento, Defensa y Garantía DDHH. De: Mujeres Periodistas y Escritoras.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio